Crónicas de la violencia en Colombia – Al soldado Charris la guerra le robó los sueños de ser médico
El joven barranquillero sobrevivió a la operación militar de retoma de la zona del Cagúan. Su ilusión era sacar a su familia de la pobreza.
Raúl soñó siempre con ser médico, pero la hecatombe de la violencia en Colombia lo absorbió, y terminó por convertirlo en un sobreviviente de la guerra.
Salió de su barrio siendo casi un niño, y no tenía idea de la realidad de la Colombia violenta. “Todos los días escuchaba de tomas guerrilleras, secuestros, masacres. Pero mis sueños estaban en llegar a ser médico y sacar a mi familia adelante”, reconoce.
Decidió enrolarse en el ejército para poder acceder a una libreta militar. Con ese objetivo viajó al departamento de la Guajira, en el Batallón Cartagena el 19 de agosto de 1993. Inmediatamente dejó de ser Raúl Charris Cañas.
Los sueños de batas perfumadas y el olor de fármacos de laboratorio se diluyeron entre la disciplina militar, las bromas pesadas de los soldados cachacos y el olor a pecueca de los alojamientos.
El 19 de febrero de 1995 terminó su servicio militar. Regresó a su casa de la Ciudadela 20 de Julio con su libreta en la mano pero la pobreza parecía haberse ensañado con familia Charris Cañas. Entonces recordó las palabras de despedida de un oficial antioqueño de voz autoritaria que les propuso: “Quienes deseen seguir la carrera militar como soldados profesionales los esperamos hasta el 15 de marzo. Tendrán un sueldo mínimo más el 40 por ciento. La pensión será a los veinte años de servicio”.
El 11 de marzo de ese mismo año, a las 5:00 de la mañana el jovencito Raúl Charris Cañas respondió a todo pulmón el saludo matutino a su comandante, un coronel de apellido Mahecha. Era el tercer hombre de la segunda fila del pelotón número dos: “Bueeeeenos días mi coronel”.
Había regresado a las filas sin anunciárselo a sus padres, para no preocuparlos.
Tenía pintada la cara con líneas verdes y negras y los trataban con rudeza, como si no pudieran caminar por su propia cuenta. Los prepararon para cuidar los oleoductos Caño Limón Coveñas de Ecopetrol. Se reentrenó en Valledupar y fue incorporado como soldado profesional el 11 de marzo de 1995, en el batallón compañía de planes especiales.
El soldado Charris dice que las primeras semanas vigilando los oleoductos fueron tranquilas, hasta que un día la violencia los sacó de su comodidad. Recuerda que se hallaba con tres compañeros en el comedor del batallón, observando la televisión. Esa noche entonces presidente de Colombia, Andrés Pastrana Arango dio un discurso desesperanzador para el país:
“Compatriotas, las Farc han traicionado su palabra. El secuestro del avión de Aires en pleno proceso de Paz es una afrenta al país. He tomado la decisión de dar por terminados los diálogos de Paz con esa guerrilla”.
Todos quedaron petrificados. Segundos después un llamado por megáfono los estrelló contra su nueva realidad: “Por orden de mi general Jorge Enrique Mora Rangel, todo el mundo prepara equipos”.
Se iniciaron dos días de insomnio. El soldado Charris recuerda que viajó con sus compañeros en camiones, aviones y helicópteros hasta que llegaron al municipio de Granadas, Meta. Ya era parte del batallón contraguerrillas número 21, “Pantano de Vargas”.
Ninguna de las consignas de seguridad que le taladraron el cerebro durante todo el viaje fue tan crueles como el recibimiento que le dio la violencia en la llamada “Operación retoma del Cagúan”.
“En el batallón había muchos pelotones. La misión era avanzar en medio de combates, recuperando los terrenos que estaban ocupados por las Farc. Pero la guerrilla no se marchó del Cagúan, se replegó en grupos andantes. Con frecuencia se dejaban ver, a pie, en moto o a caballo con sus fusiles. Nos insultaban por la radio. Nos decían que de esa noche no pasábamos. Ellos eran miles…”
Un 28 de mayo, la orden fue desalojar a la guerrilla del rio Guajar, en Puerto Lucas, Meta. “Nos formaron en comandos de 15 hombres. Había un puente estratégico y lo ocupamos. Otros pelotones pasaron y acamparon al otro lado. Dormíamos en un potrero a cielo abierto y comenzaron a llover granadas y disparos de fusil. Nos gritaban y se acercaban con rabia. Respondimos al fuego pero estábamos de espaldas al rio…arrinconados. El combate fue largo y se nos acabaron las municiones. En la oscuridad juré no dejarme morir en el campo de batalla”, relata este héroe anónimo de la guerra en Colombia.
Se lanzaron a un jaguey. Tenían barro hasta en las orejas. Recuerda que la noción del tiempo. “Tenía a mi lado a un soldado Manuel Castro, nacido en Valledupar y a otro, Oscar Gonzáles, de Montería. Esos manes eran bravos, unos guerreros. De un momento a otro le llovió plomo y granadas de mortero a la guerrilla desde nuestras espaldas. Era nuestro apoyo…venían del otro lado del rio. Era la compañía Armenia…venían bajando por la vía de Vista Hermosa. Les dieron duro a los malos. Esa vez perdimos a dos compañeros. Los muertos eran unos pelaitos de Risaralda. La guerrilla sufrió una baja. Era una niña de unos 20 años. Quedó con los ojos abiertos.Al salir el sol vi que tenía una nube en un ojo…ella nos había saludado con amabilidad sólo unas horas antes. Así me recibieron en la zona de distensión”, recuerda ahora.
La guerra sicológica era permanente. Y siempre los despertaban con morteros y ráfagas desde las montañas. “Emboscaban a diario a los comandos, mataban soldados y nosotros le dábamos de baja a ellos también…no había un día en que no tuviésemos novedades que reportar. Por radio nos trataban de cerdos y decían que nos iban a despedazar”, asegura.
Los soldados sólo descansaban por horas. Los sacaban por aire al batallón. ”Así pensábamos en nuestras familia, en las novias y, al poco rato… de nuevo al helicóptero” precisa.
En medio de las balas su corazón se endureció y dejó de creer que allí podría tener un amigo duradero: “Había un soldado de Bogotá. Se llamaba Manuel Franco…era flaco y alto, le decíamos la muerte. Una madrugada me despertó y me dijo –apostemos quien se muere primero-. Yo le dije que no pensara en esas maricadas. Después soñé que la muerte se despidió de mano y lloraba. Una mañana salí a sacarlo de su guardia. Estábamos en un cementerio en la vereda Santo Domingo, en el Meta. Tenía que irse a dormir, pero él era inquieto. Los perros del cementerio comenzaron a ladrar y la tropa montó los fusiles. Estábamos mal ubicados frente a unos cerros y la guerrilla estaba arriba. La reacción de la tropa fue correr hacia ellos disparando. La muerte se fue a atacar y le hicieron una ráfaga con una M60…lo partieron en dos. Yo lo vi saltar desde mi guardia por los impactos”.
El 31 de diciembre del 2004 estábamos en la vereda El Danubio y la orden fue montar un retén en la vía. Eran las dos de la tarde. Llegó una camioneta cargada de licor y comida de restaurante. “La detuve y le pedí al conductor que se identificara. Era un hombre de vestido descuidado. No había gente por ahí…tenía que ser guerrillero”, imaginé.
El conductor se puso nervioso y me dijo en tono bajo “Yo soy militar…soy el sargento Wilson Oquendo. Estoy infiltrado. Si quiere llame por radio al comando y yo le doy mi clave”.
Así se hizo y el comando trazó una operación relámpago. “A las nueve de la noche apareció en los cielos el avión fantasma. Lo seguía una flotilla de helicópteros artillados. El campamento estaba a seiscientos metros de nuestro retén…los guerrilleros bailaban, cantaban y bebían. Estaban celebrando el fin de año. El bombardeo fue inclemente… al día siguiente encontramos 23 cadáveres”, relata.
“En ese tiempo no recuerdo cuantos militares murieron a mi lado…El 4 de agosto del 2008 estuvimos en hostigamientos cerca a la vereda El Danubio. Llovía y hacía un calor feo. Tenía la piel pegajosa. Había unos soldados cachacos que les gustaba futbol y jugábamos en el batallón. Yo los miraba con simpatía. Los costeños habíamos perdido un partido y acordamos la revancha para otro día de descanso” rememora.
Cierto día, la misión fue retomar una finca abandonada que nos servía para descansar. “Le tocó al equipo cachaco. Se fueron felices a cumplir la misión. Cuando quieran le damos la revancha, propuso uno de ellos y caminó con su fusil en la espalda. Llegaron a la finca y la vieron desocupada…en apariencia. Entraron y volaron en mil pedazos. La vivienda era en un campo minado. Colocaron ocho cilindros bomba. Murió mi sargento José Lozano Moncada, era el portero del equipo cachaco y siete soldados más. El operador de radio quedó herido pero combatió como un león. Se ocultó sobre un árbol. Desde allí nos llamó con su celular. Fuimos por ellos. Había ocho militares heridos…pero peleando”.
Ahora Charris llora.
“Un día de descanso me llamó mi mayor. Me dijo: soldado Charris es que usted no se piensa pensionar…o lo mando más lejos?”
Era el 15 de enero del año 2012 cuando el soldado Charris regreso a Barranquilla a los brazos de sus padres Raúl y Juana.
Entró a su casa y notó de inmediato que la pobreza aún habitaba en el hogar de la familia Charris Cañas…
